
En la casa de su amo examinaba las armas, las pulía y les sacaba brillo, tomaba su peso, media su alcance y aprendía su manejo a escondidas. En el establo estaba su mayor afición: los caballos que hacían tan poderosos a los españoles, la amorosa dedicación con que les atendía le había ganado el cariño a las bestias y le permitió aprender el arte de la equitación en corto tiempo y transformarse en eximio jinete. Además de que observaba y juzgaba las virtudes y defectos de los español
es, conociendo sus puntos débiles y tratando de entender su forma de razonar.
Hacia 1550, en su condición de indio sirviente, Lautaro observó los duros castigos que los españoles infligieron a los indígenas en las batallas de Andalién y Penco. Decidió abandonar a los españoles y en diciembre de 1553 apareció como el principal líder en la Batalla de Tucapel, primer levantamiento indígena de importancia en Chile. Lautaro habría adquirido protagonismo al informar en reuniones o cahuines de linajes, clanes y lonkos como Colocolo, sobre la vulnerabilidad de los españoles (armaduras pesadas, inutilidad de la pólvora con la lluvia) y las ventajas de utilizar modalidades de combate de origen hispano, como armas y caballos.

En febrero de 1554, dos meses después de la muerte de Pedro de Valdivia, Lautaro nuevamente demostró su liderazgo en la Batalla de Marigüeñu, donde aplastó al contingente comandado por Francisco de Villagra. Esto le permitió destruir y saquear completamente la ciudad de Concepción, práctica que será un antecedente del malón de los siglos XVII y XVIII, cuyo objetivo era obtener el máximo de bienes del grupo atacado.
Entre 1554 y 1555 la introducción de enfermedades europeas causó estragos en la población reche. Además de una peste de tifus, se vivió durante este período una falta de alimentos que atenuó la intensidad y frecuencia de los enfrentamientos. Hacia 1556 Lautaro reinició los combates, tratando infructuosamente de avanzar hacia Santiago, logrando llegar hasta el río Maule, al ser detenido en la batalla de Peteroa. Un año más tarde, las campañas destinadas a avanzar hacia la zona central continuaron. Lautaro logró establecerse en una zona protegida, construyendo un fuerte o malal que le permitiría controlar la región disponiendo de recursos para lograr la expulsión total de los españoles del Valle Central. Sin embargo, los excesos y castigos cometidos por Lautaro y sus hombres en contra de los indígenas de la zona -los promaucaes-, le valió la enemistad de varios caciques que se vengaron delatándolo. En un ataque sorpresa, los españoles cayeron sobre el campamento, dando muerte a Lautaro en 1557. Días después, su cabeza fue exhibida en la Plaza de Armas de Santiago.
La lucha de Lautaro como defensor de su pueblo lo catapultó como un personaje legendario en la historia mapuche y chilena, y cuatro siglos después de su muerte su busto pasó a integrar la galería de grandes estrategas del mundo, en las academias militares de Europa.
Publicar un comentario